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100 palabras
“La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega”. (Leonardo Da Vinci)
"La música expresa aquello que no puede decirse con palabras, pero no puede permanecer en silencio". (Víctor Hugo)
Fue su perro quien sacó a la luz los cadáveres que tenía enterrados bajo el verde de la hierba artificial del jardín. Escarbó con sus patas en todos los rincones. El resultado fue un espectáculo dantesco, pero el animal parecía satisfecho con la proeza y la miraba expectante. Ella tragaba saliva intentando mantener la serenidad. Con una sola mirada reconoció cada uno de aquellos restos; todos le pertenecían… y todos le dolían.
Sobraban las palabras; frente a ella, pudriéndose, resurgía todo lo que no se atrevió a hacer en la vida. Acarició a su perro y él lamió sus heridas.
Un diagnóstico rotundo: “Enfermedad de Alzheimer hereditaria de aparición temprana”. Con extremo cuidado sus dedos repasan cada letra de aquella sentencia. Aceptación y paciencia serían su único horizonte. No iba a ser fácil; demasiado joven todavía. Sin una posible prevención que lo evitara, su destino siempre estuvo escrito. Los antecedentes familiares y las pruebas genéticas finalmente lo demostraron y, ahora, estaba aterrada pensando en sus hijas. ¿Cómo explicarles que su enfermedad también podía manifestarse en ellas? ¿Cómo gestionar algo así sin morir de dolor? Nunca deseó con tanta fuerza que la ciencia avanzase, lo suficientemente rápido, para salvarlas a ellas.
Cien metros le separaban del pecio con los restos del naufragio. Paró el motor y oteó a su alrededor; no había nadie. Enfundado en el traje de buzo saltó por la borda. Un cuerpo hinchado al que le faltaban las piernas asomaba bajo un tramo de barandilla. Se acercó más. “Lo sabía", de su cuello colgaba el gran diamante que faltaba en la caja fuerte. Quiso quitárselo, pero un dolor desgarrador se lo impidió; el tiburón decidió volver para repetir su cena. Los ojos ciegos de ella se abrieron, y su boca, en una mueca grotesca, emitió una carcajada sorda.
¡Hala, mañica! Arriba con esa jota brava bailada con rasmia. Que no se puede ser más baturra y más lunática. Así era ella; siempre andaba soñando en sus cosas. De aquellos sus tiempos mozos dejándose caer por algún ribazo con el zagal más guapo del barrio. Y es que ése era su emblema; postulado hermanamiento entre vecinos, aunque luego la llevaran entre lenguas. Que la gente es muy mala y envidiosa. Lo cierto es que nunca se sabe, pues de una inmerecida mala fama terminas convertida en leyenda; y hasta te cantan y te bailan en una gloriosa jota aragonesa.